Zona Cero || El chicle de la diputada Yolo, y la Inteligencia Artificial

Roberto Santos // En estos días hemos descubierto una nueva utilidad de la inteligencia artificial, la de convertirse en la coartada perfecta o en el chivo expiatorio perfecto.

La diputada Yoloczin Domínguez Serna fue exhibida en un video que rápidamente se volvió viral, todo porque subió a tribuna con un chicle en la boca y, sin saber dónde ponerlo, decide pegarlo en el atril justo antes de presentar una iniciativa relacionada con la salud mental, un tema que por su relevancia merecía toda la atención.

Pero no fue así. La escena del chicle terminó por eclipsar el contenido de la propuesta.

El momento quedó registrado con claridad. Sus propias compañeras le sugirieron, con el micrófono abierto, que dejara el chicle.

La legisladora lo pegó en el podio porque no encontró otro lugar donde ponerlo y, al terminar, se lo llevó. Pero el gesto ya había quedado fijado en la memoria digital.

Por supuesto, no era para tanto, pero las benditas redes hicieron lo suyo: algunos señalaron una falta de educación, otros restaron importancia al hecho. Lo cierto es que el chicle terminó siendo más comentado que la iniciativa.

Hasta ahí, podría tratarse de una anécdota menor, un descuido o un olvido más en la larga lista de deslices que ocurren en el ejercicio del poder.

El verdadero giro llega cuando la diputada respondió asegurando que todo se trató de un invento hecho con inteligencia artificial para desvirtuar su imagen.

Así, de pronto, la tecnología pasó de ser herramienta a villana. No hubo chicle, no hubo gesto incómodo, no hubo video auténtico.

Todo fue producto de una conspiración digital que, casualmente, también coincide —según ella misma— con el hecho de que “va arriba en las encuestas” rumbo a la candidatura por Acapulco, algo totalmente improbable.

El problema es que, hasta el momento, no existe evidencia técnica ni verificación independiente que respalde la versión de que el video haya sido manipulado con IA.

Tampoco de que va arriba en las encuestas.

La diputada no ha presentado un análisis que pruebe alteraciones, ni hay confirmación de que se trate de un montaje.

La explicación, en los hechos, descansa únicamente en la palabra de la propia protagonista. Y parece más una salida política que tecnológica, al no presentar prueba alguna de su dicho.

Y es ahí donde la historia deja de ser anecdótica y se vuelve sintomática. Porque si la inteligencia artificial ya puede cargar con la culpa de un chicle en el podio, pronto será responsable de cualquier tropiezo político. ¿Una frase desafortunada? IA. ¿Un video incómodo? IA. ¿Una foto inoportuna? IA.

Parece que el nuevo manual de crisis es simple: negar la realidad y culpar al algoritmo.

Tal vez lo más preocupante no sea el chicle, ni siquiera el video. Es la facilidad con la que se intenta reescribir lo evidente.

Porque entonces todo puede ser atribuido a una supuesta manipulación digital, con lo que la responsabilidad política empieza a diluirse peligrosamente.

La inteligencia artificial, al parecer, ha sido ascendida: ya no solo redacta textos o genera imágenes.

Ahora también será la culpable oficial de los descuidos, los gestos incómodos y los momentos poco decorosos de la clase política.

Un recurso conveniente. Un chivo expiatorio perfecto. Y, sobre todo, un argumento difícil de sostener cuando el país entero ya vio el video.