Celestino Cesáreo Guzmán // Leo con atención en redes la captura de Nicolás Maduro y de su esposa, y constato que el debate público se ha reducido a una falsa dicotomía: si condenas la operación en Venezuela, “proteges a la dictadura”; si no la condenas, se te acusa de ser proyanqui, pro-Trump. Un atajo simplista que evita la reflexión de fondo y empobrece la discusión.
La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela ya no es solo un episodio más de la larga y dolorosa crisis venezolana. Es, sobre todo, una señal de época: la confirmación de que el uso directo de la fuerza vuelve a colocarse por encima de la diplomacia, del derecho internacional y de los mecanismos multilaterales.
Venezuela, en ese sentido, no es solo Venezuela. Es un laboratorio. Un ensayo de método. Cuando el poder militar decide resolver lo que la política no pudo, toda la región entra en terreno movedizo. Se normaliza la idea de que los conflictos internos de un país pueden ser “corregidos” desde afuera, sin consenso internacional y sin límites claros.
El asunto se vuelve aún más delicado cuando desde Washington se deja entrever que ese mismo método podría “mirar” hacia otros países. En ese punto, la defensa de la soberanía, del derecho internacional y del principio de no intervención deja de ser una consigna ideológica o una postura académica: se convierte en un asunto de interés nacional.
Las señales, como siempre, no llegarán de golpe. Llegan primero como discursos, luego como advertencias, después como presiones. Conviene leerlas a tiempo. Porque cuando el laboratorio se consolida, el experimento suele repetirse. Veremos.