Rector protagonista; universidad sin rumbo

EL COMENTARIO //.De Marcial Campuzano

En Guerrero parece haberse vuelto costumbre que algunas figuras públicas confundan su encargo institucional con una tribuna política permanente. El caso más reciente es el del rector de la Universidad Autónoma de Guerrero, Javier Saldaña Almazán, quien nuevamente decidió colocarse en el centro del debate público, no por asuntos académicos, sino por un tema eminentemente político.

La exigencia de modificar el Calendario Cívico del Estado para retirar homenajes al exgobernador Rubén Figueroa Figueroa, así como la propuesta de incluir conmemoraciones relacionadas con Lucio Cabañas, Genaro Vázquez y la llamada Guerra Sucia, no surge desde un colectivo universitario ni de una consulta académica, sino desde la voz personal del rector. Y ahí está el problema: cuando la figura del rector deja de representar a la institución y comienza a operar como actor político con agenda propia.

La Universidad Autónoma de Guerrero atraviesa desafíos profundos: rezago académico, problemas financieros históricos, calidad educativa, infraestructura, condiciones laborales y una urgente necesidad de recuperar prestigio académico. Frente a este panorama, resulta legítimo preguntarse si el rector está cumpliendo su papel central o si ha decidido asumir uno distinto: el de opinador recurrente sobre temas que competen al Congreso y a la arena política.

No se trata de censurar opiniones ni de negar el derecho a expresarse.

Se trata de responsabilidades. Un rector no es un líder social ni un dirigente partidista; es el responsable de conducir una institución educativa que debe mantenerse como espacio plural, crítico y autónomo. Cuando el titular de la rectoría personaliza posturas ideológicas, arrastra a la universidad a debates que no necesariamente reflejan la diversidad de pensamiento de su comunidad.

La crítica de la diputada Erika Lürhs pone el dedo en la llaga: la tentación del protagonismo. En Guerrero, donde la política suele invadirlo todo, el protagonismo se convierte en moneda de cambio y la universidad corre el riesgo de ser utilizada como plataforma simbólica para posicionamientos personales.

El rector debería preguntarse si su función es marcar agenda política o fortalecer la vida académica de la UAGro. Porque cuando la rectoría se vuelve escenario de grilla, la universidad pierde foco, credibilidad y autoridad moral.

Al final, cada institución tiene un papel definido. El Congreso legisla, los partidos disputan el poder y la universidad educa. Cuando esas fronteras se diluyen, no gana el debate público: pierde la institución.