Roberto Santos // Ha trascendido en el gremio periodístico que existe una denuncia presentada ante la autoridad electoral en contra de un periodista y de diversas páginas informativas.
Hasta ahora, no se conoce oficialmente quién la interpuso. Sin embargo, entre reporteros y columnistas comienza a circular la sospecha de que la denunciante podría ser la senadora Beatriz Mojica Morga.
No se puede afirmar tal cosa, pero ha trascendido que la referencia central de la queja —un video donde ella es protagonista— alimenta inevitablemente esa percepción.
El material señalado no es nuevo ni clandestino. Al parecer se trata de un registro público, difundido años atrás, donde Mojica fija una postura crítica hacia Andrés Manuel López Obrador.
Que ese episodio reaparezca ahora, acompañado de una denuncia que alude a violencia política de género, abre una discusión delicada.
La senadora está en todo su derecho de defenderse y de proteger su integridad como mujer en la vida pública; ese derecho es irrenunciable y debe respetarse siempre.
La pregunta, sin embargo, no es jurídica sino política: ¿es esta la mejor ruta en un momento donde se perfilan definiciones electorales?
Hay quienes dentro y fuera de Morena han señalado a Mojica como cercana a intereses del exgobernador Ángel Aguirre; otros sostienen que responde a lógicas de grupo.
Aunque lo primero no parece ser cierto, este señalamiento forma parte de la disputa interna de un movimiento donde, hay que decirlo, la competencia suele ser más ruda y descarnada que la contienda constitucional.
Cada vez que el nombre de Beatriz Mojica comienza a crecer en el radar rumbo a la gubernatura, reaparece el viejo video.
Y en consecuencia, el recurso legal frente a publicaciones que rescatan su pasado político.
En realidad, Beatriz Mojica -y sus detractores- debería tener presente de que no hay nada ilegal en cambiar de postura política; por el contrario, lo verdaderamente preocupante sería no hacerlo nunca.
La política viva exige adaptación, lectura de contexto y capacidad de rectificación. La rigidez ideológica conduce al dogma, y el dogma, al aislamiento.
Pretender que una trayectoria de décadas sea una línea recta e inmutable es desconocer la esencia misma de la vida pública.
AMLO, Muñoz Ledo, Monreal iniciaron sus carreras políticas en el PRI y crearon Morena.
Pero convertir esos virajes en materia de denuncia contra periodistas, páginas o críticos digitales como al parecer lo hace la senadora, abre otra discusión: ¿se busca proteger derechos o blindar aspiraciones frente a una competencia interna cada vez más ríspida?
Quizá la pregunta de fondo sea si no resultaría más estratégico construir alianzas con los medios de comunicación, incluso con los críticos, antes que alejarse de ellos.
Defender el género es legítimo; confrontar a quienes narran la realidad puede terminar siendo un error que pese más que cualquier video del pasado.
Sin embargo, también es necesario asumir una autocrítica desde el oficio periodístico, porque la libertad de expresión no es una patente de corso para descalificar, estigmatizar o cruzar la frontera hacia la violencia política de género.
Los periodistas y columnistas debemos saber hasta dónde llegar, distinguir entre la crítica legítima y el agravio, y entender que el poder de la pluma puede convertirse en herramienta de daño cuando reproduce prejuicios o ataques personales.
Informar, cuestionar y recordar no debe significar violentar; ese equilibrio es indispensable para no convertir la crítica política en una forma más de exclusión de las mujeres en la vida pública.